Un día del mes de septiembre pasado, Andrés armó una buena trastada. Una de las más gordas, hasta el momento, porque seguro que habrá más y peores aún.
Al chaval le gusta madrugar, entonces, los sábados y domingos que no hace falta levantarse tan pronto, sobre todo a su madre, le gustaba quedarse hasta más tarde en la cama, y más sabiendo que Andrés aunque despertase, se quedaba jugando en su habitación o se iba a ver la televisión al cuarto de sus padres. Esta vez no, lo que hizo fue simplemente irse. Sí, así como suena, se fue. Se puso una chaqueta y las botas de agua, para no coger frío, abrió la persiana porque la puerta estaba cerrada con llave, saltó por la ventana de la cocina y se largó a dar una vuelta. Menos mal que estaba su abuelo en la cuadra cebando a los animales y lo vio porque si no a saber dónde habría ido.
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