Siguiendo con el viaje de vuelta al cementerio, pararon en casa de un primo del abuelo Goyo, que hacía tiempo que insistía en que fuesen un día por allí. Al llegar se saludaron, hablaron y demás, hasta que a la sufrida madre casi se la traga la tierra, al menos eso hubiese querido ella en aquel momento, cuando al niño no se le ocurre otra cosa que decirle a la señora de la casa que había que limpiar más porque la meseta de la cocina estaba toda sucia. Lo cual no era cierto, dicho sea de paso, es que el niño vió que el mármol tenía vetas envejecidas y amarillentas que a él le parecieron manchas de suciedad. A su madre casi le da un infarto,
_ ¡Qué vergüenza de niño!, pensó.
Menos mal que el matrimonio se lo tomó a risa.
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